La historia de Bud Spencer: Del cloro al mamporro

Carlo Pedersoli ha vivido dos vidas muy distintas. En la primera tenía este nombre italiano y era un deportista de elite, uno de los mejores nadadores ‘azzurri’ de los años 50 y un destacado waterpolista que llegó a formar en el ‘settebello’ nacional. Aquella vida duró hasta 1967, cuando con 37 años decidió cambiarse el nombre por uno sajón, más comercial, y bajo el alias de Bud Spencer se hizo rico y popular protagonizando películas en las que repartía mamporros a diestro y siniestro junto a su inseparable Terence Hill, un apodo que ocultaba a un veneciano llamado Mario Girotti. Hoy, con casi 80 tacos y el mismo aspecto de desayunar piedras que le hizo famoso en el celuloide, un spot publicitario televisivo le ha devuelto al primer plano.

Pedersoli, de hecho, no inventó nada, sino que siguió la misma senda que años antes había conducido a otro nadador y waterpolista, Johnny Weissmuller, hasta Hollywood. Obviamente los coscorrones garbanceros de Bud Spencer no pueden compararse con la apostura del Tarzán por antonomasia, pero el spaghetti western en el que se especializó le otorgó estatus de estrella menor en Europa, más de lo que el deporte le había dado en su día.

Nacido el 31 de octubre de 1929 en Santa Lucia (Nápoles), Carlo creció hasta convertirse en un gigante. Su 1,94 m. de estatura le convertía en un verdadero coloso de la época de la posguerra, así que el deporte era un modo natural de sacar provecho de sus ventajas físicas. La natación fue su primera disciplina y, largo y sólido como era, su destino era obvio: las pruebas de sprint. En 1950, con sólo 20 años de edad, se convirtió en el primer italiano en bajar del minuto en los 100 metros libres, dejando el récord nacional en 59″5 en una competición en Salsomaggiore. Al año siguiente obtuvo la medalla de plata de esta misma prueba en los Juegos Mediterráneos celebrados en Alejandría, y posteriormente viviría dos experiencias olímpicas en Helsinki’1952 y Melbourne’1956, quedándose en ambos casos en las semifinales. Compaginaba la natación con el waterpolo y entró ocasionalmente en alguna convocatoria de la selección, aunque no en las competiciones importantes. Eso no impidió que se proclamase campeón de la Liga italiana con el Lazio en 1954.

Su carrera deportiva se prolongó hasta 1957, cuando definitivamente se dio cuenta que no podía compaginarla con su ambición cinematográfica. Había debutado en el celuloide en 1950, haciendo el papel de guardia pretoriano en la superproducción de Hollywood ‘Quo vadis?’, que se rodó en Roma, y en años sucesivos interpretó papeles menores en películas modestas. Su carrera quedó interrumpida en 1960 y tras algunos años en blanco, considerando que su nombre italiano era un obstáculo para integrarse en el mercado anglosajón, decidió rebautizarse como Bud Spencer, nombre que eligió por su marca de cerveza predilecta y por el actor a quien profesaba admiración, Spencer Tracy.

En 1967 se cruzó en su camino Mario Girotti, alias Terence Hill, y la combinación de ambos resultó una receta de éxito: Carlo era el gigante bestia pero inocentón y Mario, el tunante simpático y manipulador. Su primer spaghetti western fue ‘Dios perdona, yo no’, y arrasó en taquilla en Italia. La pareja Terence & Bud funcionaba y repitieron el cliché en diversas secuelas, pero fue la película ‘Le llamaban Trinidad’ la que les catapultó a la fama internacional de manera definitiva, consagrándolos como iconos de una época y un tipo de cine determinados.

Desde entonces, Carlo ha participado en decenas de películas y series de TV, además de montar empresas de todo tipo, entre ellas unas aerolíneas. Recientemente ha recuperado el gusto por su pasado deportivo. En el año 2007 recibió el ‘Caimano d’Oro’ (caimán de oro) por parte de la Federación Italiana de Natación, una distinción que reconoce la contribución de una carrera, y aquel mismo año se sacó el título de entrenador de natación y waterpolo. Quién sabe si, a su avanzada edad, todavía le queda energía para hacerse cargo de un banquillo. Una cosa es segura: ningún discípulo que haya visto alguna de sus películas se atrevería a contestarle mal

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